¡Cuántas cosas de las que queremos hacer, se quedan en sueños y nada más!
La diferencia entre un sueño y un proyecto es, simplemente ponerle fecha a aquello que queremos que pase y no nos está sucediendo.
Y no nos está sucediendo, simplemente, porque hemos elegido que no pase.
Y me resulta inevitable transcribir una de las partes del discurso de Nelson Mandela en oportunidad de asumir como presidente de Sudáfrica.
En esa oportunidad, en 1994, cita a la autora Mariane Williamson cuando dice:
Nuestro miedo más profundo es reconocer que somos inconcebiblemente poderosos. No es nuestra oscuridad, sino nuestra luz, lo que más nos atemoriza. Nos decimos a nosotros mismos: “¿Quién soy yo para ser alguien brillante, magnífico, talentoso y fabuloso?”. Pero en realidad, ¿quién eres tú para no tener esas cualidades? ¡Eres un hijo de Dios! Empequeñeciéndote no sirves al mundo. No tiene sentido que reduzcas tus verdaderas dimensiones para que otros no se sientan inseguros junto a ti. Hemos nacido para manifestar la Gloria de Dios, que reside dentro nuestro. Y Él no habita únicamente en algunas personas. Habita en todos y cada uno de nosotros. Y a medida que permitimos que nuestra luz se irradie, sin darnos cuenta estamos permitiendo que otras personas hagan lo mismo. Al liberarnos de nuestros propios miedos, nuestra presencia automáticamente libera a otros.
Y cuando uno ve a un líder como a Mandela, como a cualquier líder, no lo percibe solo, sino rodeado de gente, con la cual interacciona.
Por lo tanto, cada vez que queremos realizar un proyecto, que solos no podemos realizar, debemos interaccionar con otros.
En esta interacción, también emergen liderazgos situacionales, que permiten que cualquiera de nosotros sea el guía para la obtención de los resultados.
A este liderazgo lo llamamos situacional y es el liderazgo que emerge para resolver las cuestiones que la vida cotidiana nos propone.
Y para poder obtener resultados, debemos realizar acciones que transformen el mundo, para ello debimos hacer acuerdos con otras personas, con quienes establecimos relaciones.
Ahora, estas no son cualquier tipo de relaciones, sino relaciones efectivas, que son aquellas basadas enla CONFIANZA.
Imaginen un equipo de fútbol jugando como tal.
Cuando un jugador en plena carrera, lanza la pelota hacia adelante, al lugar donde va a estar su compañero, en el momento en que lanza el pase, confía en que su compañero actuará de determinada forma y pondrá la energía necesaria para llegar a alcanzarlo. Su compañero “estará” allí.
Esta coordinación de acciones, hace posible un juego rápido y sincronizado, que habitualmente logra los resultados proyectados.
Cuando no existe esta confianza, y por consiguiente cada uno juega a su propio juego, la obtención de los resultados se hace menos cierta.
Por lo que la confianza, es el núcleo, el reactor en el que se gestan los resultados.
Cómo saber si yo resulto una persona confiable?
Hay un indicador que nos regala el mundo diariamente, y es la cantidad de NO que recibimos de él a nuestras propuestas.
Si la cantidad es lo suficientemente alta como para quedarnos insatisfechos, podemos observar que algo no estamos haciendo para obtener los resultados que estamos deseando.
Si queremos producir cambios, debemos cambiar la percepción que tiene el mundo de nosotros.
Y el único que tiene la respuesta, es el mundo. Nosotros, simplemente podemos tener una interpretación, que como tal no nos esta permitiendo alcanzar los resultados que deseamos.
Revisando los componentes del juicio de confianza, según el Coaching, observamos si somos confiables. Es decir si en las distintas oportunidades o circunstancias en que asumimos un compromiso, lo cumplimos.
Y cuando me refiero a compromisos, me refiero a todos ellos.
Desde llegar a horario a una cita establecida o al trabajo, hasta concurrir a una fiesta o reunión de trabajo. Y cuando no estoy pudiendo hacerlo: ¿aviso a quien me está esperando que no voy a llegar? ¿Ofrezco mis disculpas y la posibilidad de reparar mi falta?
Cuando estoy haciendo algo, ¿me ocupo de hacerlo involucrandome al 100% con lo que hago, o tengo 20 cosas a la vez y no estoy plenamente en ninguna, conforme la expectativa de los demás que sí lo están?
Cuando me propongo para hacer algo, ¿tengo las capacidades que el proyecto requiere? Y si no las tengo, ¿aviso que no las tengo y procuro capacitarme?
Es muy difícil que alguien me contrate para construir un edificio si no demuestro que soy arquitecto o ingeniero.
Por último, puedo observar que tan sincero estoy siendo. Para ello, es sumamente revelador la coherencia entre el discurso público, es decir aquellas ideas que asumo frente al mundo como válidas para mí, y mis acciones en el ámbito privado, es decir, como las practico.
Observando la consistencia entre el discurso público y el discurso privado, podemos darnos una idea de lo que puede estar percibiendo el mundo de nosotros, por lo menos en aquellos dominios que nos resultan fundamentales para poder ser reconocidos como confiables.
Imaginemos por un momento que uno de nosotros, como profesional/confidente, recibe un comentario o conoce de un hecho privado, de un paciente/cliente/amigo en ese marco de confianza. Y un día en una conversación casual con un amigo, bajo promesa que no lo repetirá, le hacemos partícipe del mismo.
¿Creemos por casualidad que alguien que nos observa fallando ese compromiso de confianza, luego pueda confiar en nosotros?
Uno de los efectos más fuertes en la formación del juicio de confianza, es que comúnmente, la falta de cualquiera de estos elementos (sinceridad, involucramiento, competencia o confiabildiad) en un determinado ámbito o dominio, se proyecta habitualmente sobre toda nuestra imagen pública.
Y la imagen publica que generamos, es la puerta de acceso a la generación de relaciones.-
Y el juicio de confianza, por ser tal, puede ser modificado. Si es lo que queremos, vayamos por la copa.